Vivir a velocidad 2.0: los audios de Whatsapp

 Vivir a velocidad 2.0: los audios de Whatsapp

Photo by Christian Lue on Unsplash

La actualización de los audios de Whatsapp, que posibilitan aumentar la velocidad de reproducción de los mismos, hasta reducir la mitad del tiempo (x2), es un ejemplo más de los profundos cambios en los modos de vivir, pensar el presente y nuestra productividad. Esta innovación de Mark Zuckemberg, nos abre una ventana para debatir: ¿Por qué sentimos que debemos ir más rápido? ¿Qué haremos con el tiempo que nos ahorramos al escuchar los audios de Whatsapp? ¿Nos empezará a parecer demasiado lento conversar cara a cara? ¿Qué más vamos a permitir que se “acelere” en nuestra vida ya “acelerada”?

Tiempos de ocio

Vamos por el principio, la actualización de Whatsapp corona un proceso de modificación artificial del tiempo que comenzó hace rato: Youtube, por ejemplo, cuenta con esta opción para sus videos; Spotify para sus podcast y canciones (hablando muy en serio: ¿alguien sería capaz de acelerar una canción?) y con una extensión para navegadores hasta el mismísimo Netflix puede ser acelerado. Ciertas prácticas “aceleracionistas” ya eran parte del paisaje de usos tecnológicos: ¿Quién no adelantó una serie que venía demasiado lenta? ¿O un tutorial de Youtube con mucha vuelta? ¿O, incluso, los audios previsibles de algún contacto?

En la nota Los daños colaterales del streaming, Emmanuel Respighi advertía sobre el “maratoneo” de series y la omisión de las intro y los créditos. Un consumo voraz que no acepta “tiempos muertos”: “Esa nueva manera de ver series y películas, tan voraz como agotadora, no es gratuita. Tiene su costo artístico. Los recursos de “saltar intro” u “omitir intro”, que permiten el maratoneo, atenta contra la posibilidad de disfrutar las “aperturas” de las series, muchas de las cuales son verdaderas obras de arte” (Respighi, 2021)

Esta voracidad por consumir contenidos, en el menor tiempo posible, no es nueva. Si seguimos la metáfora que desarrolla la Ecología mediática (Scolari, 2015), donde cada medio es una especie que evoluciona para sobrevivir y, al hacerlo, toma prestado interfaces, recursos y potencialidades de otros medios (por ejemplo la televisión recupera al cine y a la radio), podemos afirmar que la innovación de Whatsapp tiene una larga lista de antecedentes. 

Empiezo por Tik Tok, que introdujo videos brevísimos que se suceden uno tras otro sin pausa. Esto mismo fue luego copiado por Instagram cuando creó sus famosos Reels. De un día para otro, los videos de Youtube nos parecieron demasiado extensos, por más que fueran de apenas 5 minutos. Sí más que las tecnologías nos importan sus usos, desviaciones y apropiaciones (Williams, 1973), podemos decir que cada modificación en la interfaz de estas plataformas abre un conjunto de prácticas, significados y códigos socialmente compartidos.

Fuente: https://tweaklibrary.com/instagram-reels-vs-tiktok/

Intentaré explicar esto con un ejemplo: los primeros youtubers que alcanzaron mucha popularidad, como el recordado “Soy Germán”, incorporaron un ritmo de habla acelerado. Para quienes somos millennials (nacimos entre 1980 y 1995), nos resultaba llamativa la velocidad con la que hablaba este youtuber, el vértigo de los repentinos cambios de planos y la gestualidad nerviosa e hiper-expresiva. Esto luego fue incorporado por miles de creadores de contenidos, se gestó así un lenguaje con códigos propios de comunicación, sobre todo para les más jóvenes. Ahora ya no nos sorprende que en las redes sociales se hable muy rápido, aprendimos en poco tiempo a decodificar esos mensajes.

Otro ejemplo de aceleración, es el mundo de los videojuegos y la posibilidad de hacer que los personajes se muevan más rápido. Dos casos pueden ilustrar esta afirmación. El popular videojuego Among us que consiste en descubrir quién es el asesino en una tripulación espacial (una remake del clásico “policías y ladrones”), brinda la opción de modificar la velocidad a la que se mueven sus tripulantes, en algunos casos tan rápido que es posible recorrer todo el mapa en un “abrir y cerrar de ojos”. El otro ejemplo es aún más conocido, el Fortnite que permite la construcción de paredes y fortalezas verticales en cuestión de segundos. En una partida es frecuente ver como ciertos jugadores con gran habilidad llegan hasta el cielo con sus construcciones a un ritmo frenético. La aceleración, invisibilizada, lo impregna todo. Por supuesto, hay más ejemplos, el League of Legend o los shooters más conocidos como Counter Strike y Call of Duty. Todos se juegan a velocidad 2X.

De a poco, porque sabemos que los cambios en la percepción nunca se dan de un día para el otro, ni de manera abrupta, internalizamos un tiempo fugaz, ansioso, vertiginoso, que se condice con la abundancia de información que nos envuelve. Si hay tanto para escuchar y ver, parece lógico que la industria del entretenimiento y las plataformas digitales intenten ofrecernos la mayor cantidad de contenido posible en el menor tiempo: ¿Nos estarán entrenando para esto?

 

Gran parte de nuestra vida, desde que somos niñes hasta que somos adultos, conquistamos y practicamos la habilidad de concentrarnos en una tarea durante un tiempo prolongado; vencer el displacer que nos ocasionan algunas obligaciones (por ejemplo estudiar días enteros para un examen) y lograr una capacidad de reflexión y pensamiento que no se agota en el mismo momento en el que leemos, escuchamos o vemos un contenido: ¿Cómo impactará esta fugacidad del consumo frenético, fragmentado, brevísimo y acelerado en todas estas habilidades? ¿Cómo entrenamos y domesticamos a nuestro naturalmente siempre-perezoso cerebro? ¿Cómo hacemos para incorporar verduras si nos encerramos en una dulcería con golosinas de todos los colores disponibles siempre y para-siempre? ¿Cuántos desafíos nuevos tienen las escuelas en este contexto?

 

Para quienes ya cumplimos los 30 años, los recuerdos de un mundo analógico y pre- internet son un ancla poderosa para marcar ciertos contraste con el presente acelerado. Conocimos el mundo “lento” de fotocopias, llamadas telefónicas, novelas en el horario central o dibujitos cuando el televisor decidía mostrarlos. Ahora bien, buena parte de las generaciones más jóvenes están creciendo con la disponibilidad permanente de información, la certeza de que la tendrán allí para siempre y el entrenamiento de las plataformas en un consumo fragmentado, breve y enriquecido de recursos que motivan los sentidos visuales y audibles. Y todo, por supuesto, sucede muy rápido.

Extracto del diario Clarín (abril del 2000) con la programación de la televisión. Fuente: https://www.foromedios.com

Tiempos de trabajo

En el contexto de pandemia se profundizó el estrés y agobio que nos genera estar tanto tiempo conectados. Si bien los primeros meses de cuarentena estábamos fascinados por el potencial tecnológico de las videollamadas y la continuidad virtual de nuestras vidas, un tiempo más tarde comenzamos a notar los efectos de las pantallas o, como llaman algunos, la fatiga de Zoom.

En Esclavos del tiempo. Vidas aceleradas en el capitalismo digital, la profesora australiana Judy Wajcman (2017) se pregunta: “¿Cómo, exactamente, la tecnología ha acelerado el ritmo de la vida cotidiana? ¿Cómo nos ha hecho estar más atareados en lugar de hacernos más libres? ¿Cómo es que recurrimos a dispositivos digitales para aliviar la falta de tiempo y, sin embargo, los culpamos de incrementarla?” (p. 11)

Visto hoy, a la luz de los cambios que introdujo Whatsapp, las preguntas tienen una potencia mayor. Sostiene Wajcman que: “La vida de oficina ha pasado a identificarse con la sobrecarga de información, las interrupciones constantes, la multitarea y las crecientes expectativas de un breve tiempo de respuesta” (p. 20)

Para esta autora vivimos en una “sociedad de alta velocidad”:

Nuestra era está obsesionada por la velocidad: coches más rápidos, trenes más rápidos, banda ancha más rápida, y hasta citas más rápidas. La velocidad es sexi, y los dispositivos digitales se nos venden constantemente como instrumentos eficientes que ahorran tiempo y que promueven un estilo de vida emocionante y lleno de acción. (Wajcman, 2017, p. 29)

La posibilidad técnica de escuchar a otras personas en la mitad del tiempo, modifica la percepción misma de la conversación. Las pausas, los silencios, los ritmos que hacen de cada ser parlante alguien único e irrepetible, entra en la distorsión acelerada que tantos otros procesos sociales han experimentado: las finanzas automatizadas, el comercio electrónico, el procesamiento algorítmico de información en tiempo real, el aprendizaje automático de las máquinas, la circulación de las noticias, la selección de potenciales parejas sexuales en una app.

Cómo percibimos el tiempo define la espera que estamos dispuestos a tolerar, en los espacios analógicos y virtuales que transitamos: la cola del supermercado, la fila del banco, los 5 segundos de anuncio en Youtube, el tiempo en que se sube un documento o se envía un archivo, lo que tarda en cargar un videojuego, los micro-segundos en los que Spotify nos devuelve el resultado de una búsqueda: ¿Nos estaremos convirtiendo en seres más impacientes, ansiosos e infelices? ¿El mundo que conocemos fuera de las pantallas, se nos estará volviendo demasiado “lento” y “predecible”? 

Fila en un banco
Esperar: ¿El gran enemigo de nuestra época? Fuente: infocañuelas.com.ar

Parar la pelota, cada vez cuesta más

El mayor riesgo de la aceleración del presente, que ahora Whatsapp profundiza, es parte de una de las tesis centrales de Franco “Bifo” Berardi (2017) respecto a la dificultad para reflexionar sobre aquello que nos pasa, en tanto estamos sumergidos en una pecera de estímulos permanentes y vertiginosos. Cuando el Profesor de la Universidad de Bologna habla de estímulos piensa en todo aquello que nuestro sistema nervioso y nuestra mente conectada a la infoesfera recibe en un día: mensajes, llamadas, imágenes, videos, sonidos, alertas, carteles, publicidad, correos, audios acelerados, memes y un sinfín de signos semióticos.  

El problema de este bombardeo permanente de información es que no tenemos tiempo de procesarla porque ni bien nos sentamos a reflexionar sobre, por ejemplo, una noticia ya nuestro celular nos advierte de algo que está sucediendo ahora. Si queremos leer detenidamente un mensaje, probablemente nos encontremos con muchos más (por diferentes plataformas). Sí nos queremos detener en una notificación, probablemente ya recibimos muchas otras. Si nos llama la atención una imagen o video en las redes sociales, nuestro impulso será buscar otra igual o mejor (Tik Tok y su algoritmo son un buen ejemplo de esto). 

Cada vez es más difícil construir pausas, momentos para pensar o simplemente disfrutar (por ejemplo de un paisaje sin la ansiedad de sacar una foto para Instagram), en el círculo de estimulación permanente. Esta “impotencia reflexiva” (Fisher, 2017) nos paraliza y nos impide tomar decisiones racionales, incluso cuestionar y/o resistir colectivamente esta aceleración productivista de nuestra cotidianeidad que, como comprobamos en pandemia, reparte estrés, fatiga, insatisfacción y una epidemia de enfermedades mentales y depresivas.

Wacjman (2017), luego de una lectura minuciosa de uno de los pensadores más preocupados por el tiempo y la velocidad, Paul Virilio, afirma que: “las tecnologías de la velocidad provocan una «alteración de los sentidos» en la que el espacio real se ve reemplazado por procesos en tiempo real descontextualizados”  (p. 47). Por eso algunos autores, como Franco Berardi (2020), nos proponen “empezar a respirar a otro ritmo”, más lento y amistoso con la naturaleza, que ralentice la contaminación de información y tóxicos y frene la depredación capitalista, en esta versión extractivista de recursos, energías y potencia vital conducida por una élite global que se sostiene a costa de la muerte y la miseria de cientos de millones de seres humanos. ¿Es posible esto?

La velocidad es una cualidad presente en gran parte de las tecnologías que consumimos.

Un cierre siempre provisorio

 

Recuperamos aquí algunas dimensiones que introducimos para pensar que implica escuchar los audios de Whatsapp de manera acelerada. Caracterizamos a nuestra época por su obsesión con la velocidad, la fragmentación, la brevedad, la viralización, el atajo, la supresión de los tiempos muertos.

 

Tanto en el tiempo de ocio, como en el tiempo de trabajo usamos plataformas que tienen una propuesta política, que bajo el slogan del progreso, la innovación y la conexión, capturan y monetizan nuestra atención, con técnicas expertas en “hackeo” de nuestro cerebro y sistema nervioso (cómo bien explica este documental). La paradoja, entonces, es inevitable: a mayor uso de estas plataformas, menos tiempos muertos. Pero, justamente son esos momentos los que el capitalismo de la vigilancia, con su polo en Silicon Valley, se propone conquistar: nada por fuera de las plataformas, nada por fuera del control corporativo. 

 

En la pregunta sobre la posibilidad de respirar a “otro ritmo”, aparece la necesidad de pensarnos colectivamente como seres humanos. La respuesta también es individual, por el enorme esfuerzo que implica no sucumbir a la tentación de las golosinas que nos gustan, siempre gratis en las vitrinas de las redes sociales y pensar un modo emancipatorio de apropiarnos de estas plataformas.

 

Esto no implica el anhelo de un pasado “lento” y “pausado”, donde vivíamos felices. Tampoco implica intentar lo imposible, que es revertir la penetración de las plataformas sociales en nuestras vidas. Sino que, como desarrolla Wacjman, podemos establecer una relación estratégica, reconociendo que no hay tecnología como esfera separada de la sociedad, es decir, detrás de cada algoritmo e innovación (por ejemplo aumentar la velocidad de los audios) están las decisiones de ingenieros, técnicos, programadores, psicólogos conductistas, sociólogos y más profesionales conducidos por una élite privilegiada. 



¿La aceleración tecnológica se traduce inexorablemente en aceleración del ritmo de vida? Mi tesis es que las prácticas temporales son siempre sociomateriales, que los contornos y ritmos de nuestras vidas están calibrados por y con máquinas. En otras palabras, no podemos entender la organización social del tiempo independientemente de la tecnología. Tampoco podemos tratar la tecnología como un conjunto de instrumentos neutros con propiedades funcionales claramente definidas que determinan de manera inequívoca nuestros regímenes temporales. Lejos de ello, es nuestra relación humana con los objetos la que genera esas cualidades temporales que tendemos a interpretar como inherentes a las máquinas (…) La introducción de nuevas máquinas siempre implica un proceso dialéctico de promesa, resistencia, improvisación y acomodación. De hecho, este proceso afecta a lo esencial de quienes somos, puesto que nuestras propias subjetividades y deseos se articulan con tecnologías. (Wajcman, 2017, p. 60)

 

 

No se trata, entonces, de que escuchemos los audios a una velocidad “lenta” sino que seamos capaces de reconocer que propuesta de sociedad está en disputa, desde donde viene y como nos impacta. Tal vez actos simples sean un buen primer paso: apagar el teléfono un rato, desintoxicarnos de información, utilizar herramientas que nos alerten de una conexión prolongada, engañar a los algoritmos con búsquedas imprevisibles, cuestionar la necesidad de consumo que las redes nos generan, dudar de la “felicidad photoshopeada” de las imágenes de Instagram, comprender que no todo se puede explicar en 30 segundos de un Reel o Tik Tok y que tal vez, en el ritmo “lento” del próximo audio de voz se esconden más que palabras: misterios, deseos, dudas o una prolongación de un mensaje de amor.



Referencias:

 

Berardi, F., (2021). Crónica de la psicodeflación #1, por Franco “Bifo” Berardi – Caja Negra. [online] Caja Negra. Available at: <https://cajanegraeditora.com.ar/blog/cronica-de-la-psicodeflacion/> [Accessed 25 July 2021].

 

Berardi, F. (2020). Respirare, Caos y Poesía. Buenos Aires: Prometeo Libros.

 

Berardi, F. (2017) Fenomenología del fin. Buenos Aires: Caja Negra Editora.

 

Fisher, M. (2016). Realismo Capitalista ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra Editora. 

 

Respighi, E., (2021). Los daños colaterales del streaming | Excesos por evitar “tiempos muertos”. [online] PAGINA12. Available at: <https://www.pagina12.com.ar/321258-los-danos-colaterales-del-streaming> [Accessed 25 July 2021].

 

Scolari, C. A. (Ed.). (2015). Ecología de los medios: entornos, evoluciones e interpretaciones. Editorial Gedisa.

 

Wajcman, J. (2017). Esclavos del tiempo: Vidas aceleradas en la era del capitalismo digital. Editorial Planeta.


Williams, R. (2011). Televisión, Tecnología y forma cultural. Buenos Aires: Paidos.

 

Nota final: gracias Rafa Pizarro por los comentarios sobre esta entrada.

Exequiel Alonso

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